Igual que todos los días desde que descubrió la comida de la tierra, Beerus se encontraba acostado en el césped de su hogar comiendo todo lo que se había llevado en su última visita. Hamburguesas, pizza, hot dogs, malteadas o helado, el felino trajo para sí mismo comida suficiente para alimentar a una familia completa por un año. Comida que no durará una sola semana en sus manos.

Debido a este hábito de comer sin control, su cuerpo creció rápidamente, pero para nada proporcionado, casi todo terminó en su ahora gordo culo, justo a unos muslos y caderas bastante gruesos. En poco tiempo tuvo que pedir ropa prestada a su hermano, y cuando esta ya no le quedaba, simplemente empezó a dejar de usar pantalones. Las órdenes para whis eran traer comida, no ropa nueva.

El gato devoraba todo de un solo bocado, masticando con la boca abierta y atrapando en el aire todo lo que escape de sus colmillos, una escena sorprendente para la única persona que la veía mientras se acercaba.

–Por un momento pensé que eras el cerdo de champa, no puedo creer que por esto no hayas respondido a mi mensaje.–Por primera vez en mucho tiempo el gato levantó su mirada de su comida para poder ver quien dijo eso. Frente a él se encontraba Quitela, de brazos cruzados mirando hacia abajo.

–Oh… Tu.–Beerus traga una porción de bistec tan grande que se puede ver el bulto bajando por su garganta a su estómago. –¿Qué quieres? ¿No ves que estoy ocupado con algo más importante?–

–¿¡Que acaso la grasa se te fue al cerebro!? Habíamos quedado que tendremos nuestra revancha la próxima semana después de la última.

–Aja… ¿Y?

–¡Ya pasaron 2 meses después de eso!

Como respuesta, Beerus se levanta, da media vuelta, se vuelve a acostar, y mientras vuelve a comer, levanta su cola para soltar un fuerte pedo apuntando a Quitela. La tormenta golpeó con tanta fuerza que lo hizo retroceder unos cuantos pasos, al mismo tiempo que destruía una de las lunas más grandes de su planeta.

Aun con la fuerza del gas abriendo sus nalgas, el trasero de Beerus sigue siendo demasiado grande como para poder ver su anol.

–¿¡Crees que es un juego o algo!?–Dijo con la nariz tapada dando la vuelta para volver a estar frente a frente. –Dijiste que el perdedor debía hacer lo que diga el ganador así que tendremos esa revancha ¡Ahora mismo!–

Beerus suspiro y se volvió a levantar. –Muy bien, si tanto quieres ser mi esclavo te lo concederé, aunque un esclavo tan pequeño como tu no me serviría de nada.–

–¡Eso ya lo veremos! Es mi turno de elegir, y viendo todos esos kilos extra, elijo hacer una carrera, el primero que de 100 vueltas al planeta gana.–

–¡Ja! Ni con el doble peso podrías ganarme con esas piernas cortas–

Ambos se ponen en posición, cuentan hasta 3 y salen corriendo tan rápido como pueden. Las primeras 23 vueltas estaban muy igualadas, pero rápidamente Beerus sintió un ligero ardor en sus muslos, que en la vuelta 28 se transformó en dolor en sus piernas.

Para antes de que se diera cuenta, Beerus corría a velocidad humana, sudando y agitado, haciendo un gran esfuerzo hasta finalmente caer en el piso agotado, con la cara contra el piso y el trasero hacia arriba.

–Kekeke ¿¡Que pasó culo gordo!? Estás a punto de ser mi esclavo y te haré bajar esas carnitas.–

El continuó la carrera mientras Beerus trataba de levantarse, pero a la mitad de su intento, con todo el impulso y velocidad, Quitela le dio una nalgada durante esa vuelta. Tanta fuerza lo volvió a tirar, dejó sus nalgas temblando e hizo que se le escapara otro pedo, todavía más fuerte que el anterior.

Pocos segundos y oficialmente, el roedor ganó el derecho a ordenar al felino marcado como propiedad por la silueta de su mano.

–Medición… Ah… Esto es ridículo.–Sus nalgas se movían y aplaudían mientras caminaba de vuelta al inicio donde lo esperaba Quitela con una gran sonrisa de superioridad. –Muy bien rata, terminemos esto rápido para poder volver a mi comida.–

–No deberías hablarle así a tu nuevo amo. Pero ya es tarde, me vengare ya mismo.–Quitela se sube en una piedra quedando a la altura de Beerus y se baja el pantalón, grandes bolas, tan grandes que no concuerdan para nada con un pene de apenas 5 centímetros. –¿Has probado uno antes? Apuesto que sí, y te encantó sin duda. A pesar de ser un gato tienes toda la cara de ser una buena perrita, mi perrita.–

La reacción era la esperada, Beerus muriendo de risa al ver el tamaño de su nuevo dueño. –¿¡Es en serio!? ¡Con esa cosita no tendré nada de qué preocuparme! ¿¡No prefieres que te lama el dedo!? ¡Así por lo menos llegarás a la mitad!–Como una caricatura, Beerus continuó riendo en el suelo agitando sus piernas.

Por su lado, la sonrisa de Quitela no desapareció. –Bueno, sigo esperando. Quiero ver si sigues riendo cuando termine contigo.–

Poco a poco la carcajada se detuvo y el gato se puso de cuclillas, de cara al miembro dormido del roedor. –Ja, espero no romperlo por accidente.–Continuando con la burla, Beerus finge tener cuidado al momento de envolver el pene con sus labios. Unas pocas lamidas y la expresión de Beerus cambió por completo. 

–¿Qué sucede gatito? No te detengas, adoro como tu lengua raspa ahí abajo.–Su miembro crecía rápidamente a medida que se ponía más duro. En largo y grueso lleno rápidamente la boca donde se encontraba.

Para cuando alcanzó los 40 centímetros, Beerus asustado trató de sacarlo de su boca moviéndose para atrás, pero fue tomado por las orejas y vuelto a la base en un rudo movimiento repentino.

Los ojos de Beerus se volvieron corazones, como si un switch se tornara en su cerebro activando un deseo que no conocía por el miembro de Quitela.

En cuanto lo soltaron, él mismo empezó a hacer el trabajo de mitad a base acompañado de lamidas y constantes sonidos de tragar. –Vaya, tenía razón al pensar que eras toda una perrita.–

Al contrario, Quitela se equivocó. Es la primera vez Beerus hace esto, sin embargo, descubrió que le encanta y lo hace de maravilla. 

No pasó mucho tiempo cuando el roedor tomó a Beerus de la cabeza, lo alejó hasta la punta. –Asegúrate de tragar todo.–Disparó dentro con la cara de placer más natural y relajada que el gato haya visto. –No te preocupes gatito, tengo mas leche para ti.–Y sacó su pedazo de carne, cubierto solo con saliva.

Beerus traga y su expresión cambia por completo. –¿¡Con quién crees que estás tratando como para hablar así!?–

–Vaya, parece que solo te portas bien cuando tienes un pene dentro… Vamos a comprobarlo, ponte en 4.–

La primera reacción del cuerpo de Beerus al oír eso, fue un escalofrío que lo hizo relajar su ano, dejando salir otro fuerte gas por accidente. A regaña dientes, se volteó y volvió a apuntar su gordo trasero hacia arriba, sin poder hacer más que prepararse.

Desde la piedra, Quitela salta como un animal cazando, cayendo con su segunda cola apuntando directo al agujero de su presa. Gracias al tamaño de las nalgas del gato, solo la mitad pudo entrar, con un sonido de bolas chocando contra una suave carne y un fuerte gemido agudo.

Desde el principio fueron embestidas constantes con toda la intención de destrozar al gato y dejarle bien claro que iba a recibir piedad alguna en su primera vez.

Beerus no podía ni pensar en una sola palabra, solo gemía y jadeaba con nada más que el pene de Quitela rodeado de corazones en su mente. Sin recibir una orden, arqueo la espalda, puso la cabeza en el suelo y separó sus nalgas con las manos permitiendo que finalmente todo el largo terminara de entrar, dándole un fuerte golpe que no esperaba.

Esa fue una mala idea, debió intentar acostumbrarse primero, pues hacer eso provocó que el tamaño faltante surgiera. En pocos segundos, el pene de Quitela duplicó su tamaño gracias a la placentera sensación, abultando notablemente el estómago de Beerus al mismo tiempo que su dueño se detuvo por la sorpresa.

El gemido de Beerus se escuchó por todo su planeta, seguido de una expresión de preocupación –¡Por favor no pares! ¡No me dejes así! ¡Quiero más! ¡Mira!–dijo inclinándose para atrás, levantó su cola y aun con ese enorme obstáculo en su interior, pudo hacer suficiente fuerza para disparar el gas más fuerte de toda su vida. –¡Te prometo que seguiré soltando más como ese, pero por favor no pares!–

–No imaginaba que fueras una perra tan necesitada y apestosa, tienes suerte de que eso es justo lo que planeo hacer.–

Dicho eso, los empujones vuelven con más brutalidad gracias al nuevo tamaño. Los gemidos de Beerus suenan al ritmo de las bolas chocando contra su trasero y las suyas.

Luego de unos minutos, Quitela abraza la cola del felino y se abalanza hacia atrás, cayendo de espalda al suelo y provocando que Beerus caiga sentado dejando su trasero temblando.

–Ya estoy por acabar, si quieres tu leche tendrás que ordeñarla tu mismo.–

Beerus entendiendo de inmediato y rápidamente empezó a dar sentones. Desde lo más que pudo subir no alcanzó para sacar el miembro de Quita de su interior, lo cual ayudó bastante, y bajándose caer con todo su peso, formando un cráter cada vez más grande.

Tanta actividad, sobre todo en su intestino, le hizo imposible controlar sus gases. Cada 3 o 4 sentones venían acompañados de un fuerte peso que expulsaba por los bordes un poco del presemen de Quitela. Luego cada 2 sentones, y finalmente cada sentón era una tormenta asegurada.

Al principio le molesto, pero en su mente el diálogo interno era diferente: “¿Por qué esto se siente tan bien? Si sigue así terminará mucho antes de lo que pensaba, 10 minutos más y se acabó… ¡Maldición! No puedo parar de olfatear, me esta empezando a gustar ese olor.”

En una cosa se equivocó, comenzó a jadear también y en menos de un minuto finalmente disparó una carga de semen abundante y descontrolada. Los gases finalmente se detienen por tanto líquido espeso, que recorre todo su interior desde su estómago que se infla cada vez más hasta salir por presión. Por su lado Beerus tampoco puede resistir y dispara varios chorros de semen frente a él.

Cuando esta avalancha de placer se termina, ambos quedan agotados, Beerus cae hacia atrás usando la poca energía que le quedaba para hacerse un poco al lado quedar acostado junto a Quita, sacando abruptamente lo único que impedía que un río de semen saliera por ahora su abierto agujero.

–Parece que ya le encontré un buen uso a ese gordo trasero gatito.–

A punto de responder, Beerus es interrumpido por su propio intestino. Rápidamente el levanta y abre sus piernas, sujetandolas quedando completamente abierto formando una v con sus piernas.

Los gases vuelven expulsando el semen a chorros, creando un charco de blanco cada vez más grande. Quitela observa con una pequeña sonrisa, le da gusto ver lo destrozado que dejó al gato.

Pero tan rápido como empezaron, los pedos se detuvieron –Oh no… Aquí viene.–Y fueron reemplazados por un enorme tronco que salió casi deslizándose por todo el semen. Un tronco largo y grueso que abrió todavía más el agujero recién usado de Beerus, el cual además, no venía solo.

Ya no quedó una sola gota de semen, todo fue expulsado por los excesivos desechos que continuaron por suficiente tiempo como para que ambos contemplaran una puesta del sol gracias a la montaña que estos formaron.

Beerus suspiro aliviado y volvió a ver a Quitela. Tenía una clara expresión de asombro al ver todo eso salir de ahí, una mirada que se sonrojó rápidamente sin una razón clara a simple vista.

Quitela se levantó y se puso la ropa de vuelta. –Bueno, yo tengo que volver a mi universo a eeee ¡Hacer cosas importantes! Todavía sigues siendo mi esclavo así que pronto volveré por mas.–Dejando a Beerus confundido, el roedor se va tan rápido como pudo.

–¡Maldición maldición maldición! ¡No puedo creer qué ver descargar a ese culo gordo me la haya puesto tan dura! Por suerte me fui antes de que se diera cuenta.–