Borrón y Cuenta Nueva El día llegó. Un alarido inundó la habitación, un grito que capturaba el dolor con una crudeza que ninguna palabra podría igualar. Era un sonido primal, rasgando el aire como garras invisibles, reverberando contra las paredes tapizadas en escarlata, donde el estampado de alas y coronas parecía retorcerse en respuesta. Las parteras —imps de porte nervioso y manos temblorosas, vestidas con delantales manchados de fluidos iridiscentes— se afanaban en asistir el complicado parto. Sus movimientos eran precisos pero apresurados, guiando con toallas calientes y pociones humeantes que olían a hierbas quemadas y tierra húmeda. En otros hogares, este ritual se celebraría con emoción y ansiedad; pero aquí se ocultaba en las sombras del secreto, excluido de la vista pública como si se tratara de un crimen imperdonable. Solo un par de ojos rojos, enmarcados en blanco marfil, juzgaban a la madre desde la penumbra. Paimon se erguía en el umbral, su capa carmesí cayendo como una cascada de sangre coagulada, los rubíes de su mirada destellando con frialdad bajo la luz titilante de las lámparas mágicas. Ella, Octavia, quien soportaba la peor parte; su cuerpo convulsionando en oleadas de agonía, plumas pegadas al sudor, seis ojos cerrados en un rictus de esfuerzo, parecía condenada por atreverse a sufrir en un momento que se suponía dichoso. Como si el dolor fuera una traición, fallando a expectativas que escapaban por completo a su control. No fue sino hasta que el huevo finalmente emergió. Un orbe pálido y reluciente, cubierto de una membrana viscosa que capturaba la luz como un prisma roto y que fue limpiado con meticuloso cuidado, envuelto en paños de seda que absorbían el residuo pegajoso, que ambos —madre y padre— se permitieron un suspiro nacido del agotamiento profundo. El aire se espesaba con el olor metálico de la sangre infernal, y las parteras retrocedían, sus colas enrolladas en sumisión. Sin sonrisas ni risas nerviosas brotando como flores tardías en un jardín marchito. Sin nadie que, con júbilo, intentara acunar al recién nacido que tanto tiempo había permanecido oculto en el vientre, un secreto palpitante que había deformado su silueta durante meses. Ni siquiera palabras de aliento, esas que suelen dispensar los meros observadores, como el padre que solo vigilaba desde las sombras, su expresión inmutable como una máscara tallada en obsidiana. El único curioso era el pequeño Stolas, despertado por los ecos de los gritos y escándalos que se filtraban a través de las gruesas puertas de caoba, confinado una vez más a la impotencia de su cuna en la habitación contigua. Sus plumas grises se erizaron en picos irregulares, un escalofrío instintivo recorriendo su diminuto cuerpo mientras los lamentos de su madre; ahogados, entrecortados, como el aleteo de alas rotas, lo impulsaban a protegerla como ella lo había protegido a él, acunándolo en noches de tormentas infernales. Aunque sus patitas torpes, apenas capaces de sostenerlo en pie, no pudieran alcanzarla, gateando hacia los barrotes tallados con constelaciones que lo aprisionaban. Su pecho subía y bajaba con un palpitar doloso, un eco silencioso de pena que no sabía nombrar, solo sentir como un peso invisible que le robaba el aliento. —¿Ya está listo el huevo? —Paimon apuró su voz, rompiendo el aire espeso con un tono que cortaba como una hoja afilada—. Todos los presentes guardaron silencio, una respuesta muda que colgaba como niebla densa, cargada de temor reverencial. —Entonces llévenlo al trono. Dicho eso, los preparativos comenzaron: sirvientes se movieron con eficiencia, llevando el huevo envuelto en telas suaves hacia el pasillo donde las antorchas parpadeaban como ojos nerviosos. Octavia quedó sola en la alcoba, el peso de la habitación cayendo sobre ella como una manta asfixiante, el eco de los pasos desvaneciéndose como un susurro traicionero. Las lágrimas que había embotellado por tanto tiempo brotaron entonces, rodando por su rostro en riachuelos silenciosos que trazaban surcos en su plumaje cenizo, mientras su corazón se fracturaba bajo la dura decisión de qué esperar. ¿Qué resultado le traería más paz... o, en el mejor de los casos, menos dolor? Sus manos se posaron sobre el vientre ahora vacío, un vacío que dolía más que la plenitud anterior, un recordatorio de lo que podría haber sido y lo que probablemente no sería. *** El cuarto del trono estuvo listo casi de inmediato, antes incluso de la entrada de Paimon, como si el palacio mismo anticipara su voluntad. La oscuridad abismal solo alimentaba las débiles flamas de unas pocas velas que rodeaban al nuevo ser, sus luces danzando sobre las paredes grabadas con runas antiguas que parecían susurrar secretos olvidados. El aire era denso, cargado de un aroma a ozono y cera derretida, como el preludio de una tormenta contenida. Depositado en un suave cojín de terciopelo negro sobre un pedestal marcado con el sello de Paimon, todo centrado en un sello de gran tamaño pintado en el suelo con sangre coagulada y pigmentos iridiscentes, un círculo que pulsaba levemente bajo la luz escasa. Con las puertas cerradas —un trueno sordo que sellaba el espacio como un ataúd—, voces rebotaban de pared a pared como ecos del pasado: una canción triste sin boca que la cantara, melancólica y etérea, filtrándose por las bisagras con el timbre agudo de un flautín invisible, solo para cortarse en seco cuando el rey dio la orden, su presencia irrumpiendo como un vendaval frío. Dada la señal, todo aquel que aún permanecía en el lugar lo abandonó; los sirvientes retrocedieron con cabezas gachas, sus sombras alargándose grotescamente; incluso las velas obedecieron, extinguiendo sus flamas con un siseo colectivo, dejando un humo acre que se enroscaba en el aire, pues nadie podía ser testigo del ritual, un secreto guardado bajo pena de obliteración. Y así, dentro de la profunda nada; un vacío que absorbía el sonido y la luz, donde el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo, la silueta del rey se transformaba. Su forma se elongaba, plumas fusionándose en sombras vivas, estelas rojas destellando en varios puntos como ojos que perforaban el vacío sin iluminar las sombras, un brillo pulsante. Acto seguido, los sellos comenzaron a brillar con un fulgor carmesí, girando en sentido opuesto a las manecillas del reloj; un movimiento hipnótico que distorsionaba el espacio a su alrededor, haciendo aparecer uno nuevo sobre el cascarón, un símbolo efímero que se grababa en la superficie como una marca al rojo vivo. Se podía oír las cortinas danzar a pesar de la ausencia de viento. La temperatura crecía sin necesidad de fuego. Y así como empezó, el ritual terminó abruptamente. Las cortinas volvieron a la calma, colgando inertes; las velas se reencendieron; las ventanas se abrieron con un crujido, y el sol infernal bañó de nuevo el gran salón con su luz. Con el puño tenso, Paimon se retiró, su capa ondeando como alas rotas, y el huevo se consumió en cenizas que se esparcían como nieve negra, un susurro final. Los sirvientes limpiaron sin palabras ni opiniones, borrando las evidencias; cenizas barridas, sellos desvanecidos, aire purificado con incienso, como si retrocedieran el tiempo: todo volvía a la normalidad, un ciclo repetido que ocultaba las fisuras. Solo quedaba la madre, inevitablemente unida a toda vida que crea, ahora sumida en una pena que latía como un lazo arrebatado, un vacío que se extendía desde su vientre hasta su alma, eco de una pérdida que sentía en cada latido. *** —Siempre habrá otra ocasión —Reclamaba Paimon, azotando la puerta detrás de él—. Octavia guardaba silencio, sus ojos perforando las sombras de sus palabras, desenmascarando el vacío que latía debajo. Su rostro, surcado por el agotamiento del parto, capturaba las tinieblas de una partida a lo inexistente, y la turbulencia que carcomía su interior: un respiro fugaz en el cese momentáneo, devorado por el pavor de que el patrón resurgiera, tal vez con un fin más inexorable, un giro perpetuo hacia el abismo. Paimon se erguía ante esa quietud, sus ojos clavados en los de ella con incredulidad absoluta, interpretando el mutismo como una afrenta encubierta, un esfuerzo por deslindarse de la falla compartida. —Podrías haber evitado esto si el niño no fuera un fracaso. —Él también es tu hijo. —Octavia rompía el velo, su voz emergiendo como un filo—. Para él, la creación no era gracia, sino mandato: esculpir al sucesor en alturas inexpugnables, sin resquicios para lo efímero como la candidez o el juego. El azar podía exigir el relevo en cualquier aliento, templado en rigor, no en ilusiones. Octavia encarnaba el reverso: veneraba a su hijo en su esencia desnuda, en su franqueza sin adornos, batallando por otorgarle un existir libre de cadenas, consciente de que su esencia albergaba un vigor dormido, destinado a despuntar en su propio ritmo, no bajo opresión. —Y es por eso por lo que debería parecerlo. —Paimon replicaba, herido en lo profundo—. Pero en cambio tengo un niño que no sabe hablar. Que a duras penas camina. Y desconoce la etiqueta que le corresponde. —Es un niño. Se parece a lo que un niño debe parecer. —Octavia contraatacaba, su tono ascendiendo en irritación—. Si Lucifer nos urgió a la virtud, la paciencia encabeza esa cadena. —¡Mujer insolente! Paimon elevaba la mano para golpear, deteniéndose en el zenit, el brazo colgando como una hoja pendiendo, mientras sus vistas colisionaban en un enfrentamiento mudo, cada pupila un pozo que ansiaba engullir al opuesto, sus cóleras como colosos disputando el dominio. Quizás ella había rasgado su coraza de soberbia, o un remanente de algo tangible —si tal vestigio persistía en su núcleo endurecido— lo contenía; pero el impacto se evaporaba, suspendido, solo para revivir de pronto y estrellarse contra el rostro pálido de la reina, que ahora ardía en punzada aguda. Una finta dolorosa. El silencio reclamaba el espacio tras el reverberar del contacto, un hueco que succionaba todo vestigio de sonido, mientras Paimon recomponía su máscara y sepultaba las manos en los dobleces de su capa, un gesto de contención habitual. —No sé qué buscas con él, pero de ahora en adelante estará bajo mi mando. —Concluía Paimon—. Si se revela un lastre, prepárate para lo que vendrá. Paimon abandonaba la alcoba, su pensamiento ya hilvanando esquemas para forjar al príncipe en su molde, descontento con los frutos del resguardo de Octavia, que le aparecían no como guía, sino como erosión intencional a su herencia imperecedera, un reflejo de anhelo de dominio truncado. —Y seguiré entregándote fracaso tras fracaso. —Octavia susurraba—. Paimon, renuente a entregar el cierre, se volvía con una advertencia que destilaba ponzoña. —Entonces hallaré quien me conceda lo que deseo. —¿Quién? ¿Tus concubinas? ¿El vástago del rey Paimon, un bastardo? El reproche de Octavia avivaba la postrera centella en la rabia de Paimon, quien cerraba la puerta de golpe con un rugido que resonaba como augurio, y en una burla manifiesta. *** Paimon irrumpió en los pasadizos que unían los palacios, su silueta mutando en un borrón común: plumas disolviéndose en piel anodina, corona evaporándose en un sombrero raído, mientras pisaba calles que bullían con multitudes ajenas. El pueblo transitaba sin percibir cómo sus pasos rozaban el umbral real, un velo donde lo banal engullía lo prohibido, y el dominio se extendía invisible, ramificando como venas en la oscuridad. Guardias, ataviados como centinelas vulgares, inclinaban cabezas al reconocer su esencia tras el disfraz, sus ojos desviándose en obediencia ciega mientras él avanzaba, tejiendo estratos de falsedad que disolvían la sustancia en quimera. Las torres góticas se alzaban descaradas, fundiéndose en el exceso del círculo, donde el poder se filtraba en murmullos, sofocando proclamas. Dentro, la sala inicial lo recibía con sillones custodiando un piso elevado, un jarrón central erguido como atalaya muda, puertas rivales abriéndose a pasillos saturados de enigma. El izquierdo exhalaba brumas fragantes de termas y lagunas, el derecho alineaba recintos como nichos en un corral augusto, cada uno un hueco donde el goce se recluía bajo promesas huecas de escape. Ambos convergían en un salón donde un tálamo vasto gobernaba, ornamentos opacando el resto, reduciendo el harén a posada modesta. Aquí, las concubinas aguardaban, ancladas por antojos que compraban sumisión, sus ojos reflejando el lazo perpetuo de codicia y pánico, enredadas en dédalos dorados que velaban precipicios. —Patra. La voz de Paimon invocaba ese nombre como edicto irrevocable. Patra surgía, súcubo primordial, su contorno recordando a los imps en su mitad humana, pero sellada por alas conservadas, aunque menguadas por el conflicto, encogidas a reliquias mínimas, vestigios de un ascenso perdido. Sus cornamentas burlaban moldes: mudaban en contornos incalculables, frecuentemente pintados del tono de su dermis, rosa en rosa, o moteados de ébano, hasta dispares en escala y matiz, uno dominando al otro en desorden arbitrario. Tales seres eludían todo encasillado, un remolino de siluetas que desdeñaba lo común. En las honduras del inframundo, un tomo como Los Encuentros Oscuros: Relatos de Súcubos e Íncubos de Giacomo Casanova apresaba su quid; como fue en vida, así en el infierno, bisbiseaban antes de su ocaso a manos de Asmodeus, quien, aunque regocijado por almas hundiéndose en raptos, marcaba barreras inquebrantables a las ofensas. Patra emergía en esas hojas con insistencia, delineada así: Una mujer cuya belleza excede el término, sin tocar ni la fibra más sutil de su cabello cautivante; un efluvio excelso que rapta el olfato y lo retiene cautivo. Todo en ella discurre como telas de Oriente, su cabellera negra y figura en rosa mustio sobrecargan los impulsos, como si perduraran en esta no-existencia, hasta sofocarlos, apropiándose del roce. Su acento, terso y embrujador, sosiega el latido al tiempo que lo aviva, si cabe tal contradicción. Su cadencia taladra como su vista, despojando el oído hasta ensordecer todo menos su aria hechicera. Su molde, perfecto en cada arco, lo asegura quien cató incontables en vida, funde un millón de perfiles en uno, con capacidad para miríadas. Invoca la hermosura máxima y multiplícala por huestes; guarda esa imagen, pues ya habrá confiscado la mirada. El paladar capitula al fin: sumido en su sortilegio, sus labios a miel cierran el postrer gusto de la vida, o en mi eternidad. ¡Alabaría al Hacedor por este don, pero sería pecado! ¡Al infierno, en este pozo qué cuenta: gracias, Supremo, ¡por esta creación letalmente refinada! Patra personificaba el paradigma súcubo, soberana en el harén de Paimon, su favorita bajo un manto de resguardo: libre de obligaciones físicas, gobernaba el reducto con mando. Su ropaje anunciaba su rango, hilados excelsos y derroches que opacaban los ajenos, espejo del sistema que Paimon dictaba, donde el privilegio se cuantificaba en estratos de pompa. —Alteza. Patra respondía con una reverencia profunda, su silueta inclinándose como una sombra que se pliega ante el abismo, antes de girar hacia el ala habitacional. Sus alas susurraban un aviso a las demás, un eco que propagaba la llegada del amo a través de los pasillos donde el deseo se enredaba con el temor. Cuando Paimon alcanzó su alcoba, las otras cinco ya aguardaban junto a Patra, sus formas alineadas en un semicírculo que capturaba la luz tenue, proyectando sombras que bailaban como presagios en las paredes. —Para usted, mi señor. Patra extendía las manos en un gesto fluido, presentando a las demás como un mercader despliega tesoros ante transeúntes fugaces, para luego retirarse con pasos silenciados, dejando a las cautivas solas con su soberano. De izquierda a derecha se desplegaban tres hellhounds, una imp de cuernos rayados, y una híbrida cuya esencia fusionaba impulsos contradictorios. Livia, la primera, erguía su pelaje blanco con una vitalidad que contrastaba el encierro; Cornelia, a su lado, ocultaba temblores en grises variados; Faria, con tonos terrosos, proyectaba una agresividad contenida. Mella, la imp, balanceaba su cola puntiaguda en un ritmo que sugería veneno latente; Mirra, la mixta, curvaba su forma en una promesa de excesos heredados, cada una un eco de sumisión forjada en el crisol de anhelos truncados. Livia se erguía al frente, su pelaje blanco capturando la luz como escarcha que se resiste al deshielo, corneas rojizas destellando contra ojos pálidos perforados por pupilas abismales. La más alta de las cinco, su forma evocaba un lobo forjado en ventiscas eternas: orejas afiladas alzándose como centinelas, melena cayendo en cascada hasta la cintura, velando mitad de su rostro en un manto de misterio. Su cola se mecía esponjosa, un susurro de nubes atrapadas, mientras su silueta se curvaba en un equilibrio precario —senos modestos cediendo a caderas amplias. Aun en las sombras del encierro, un brillo persistía en su mirada, un resquicio de luz que desafiaba el peso del ciclo, quizá alimentado por los respiros breves de la juventud. Cornelia, a su lado, se envolvía en grises que abarcaban sombras conocidas y otras que eludían nombre, su figura más ancha que la de Livia, pechos acentuados como si compensaran lo que la otra omitía. Cercanas como raíces entrelazadas, incluso ahora se rozaban en silencio, un lazo que persistía pese a su entrada compartida al reducto junto a Faria. La menos versada en sus profundidades, su temblor sutil delataba un pavor primordial a Paimon, un eco que reverberaba desde el primer umbral cruzado, sofocando cualquier anhelo de dominio bajo un manto de sumisión forzada. Faria, la más baja de las tres, mantenía distancia, su cuerpo contenido como un resorte enrollado, algo que avivaba murmullos cuando su edad la colocaba por encima de las otras. Su pelaje imitaba al lobo mexicano, cafés entretejidos con negros y grises que sugerían un coyote acechante; su esencia agresiva se filtraba en cada gesto rígido, en la cola que se tensaba como una advertencia, apartándose para eludir roces que pudieran despertar tormentas internas. Mella, imp de estatura elevada para su linaje en esa era, cuernos cortos rayados sobre piel carmesí intensa, equilibraba una forma reservada que no ocultaba su atractivo: ojos amarillos proyectando una dulzura ilusoria, mientras su cola roja, alargada y afilada, se curvaba como el aguijón de un escorpión, lista para inyectar veneno en la quietud. Mirra, la más descuidada en apariencia, nacida de un cruce fugaz entre imp y súcubo, superaba a Mella en altura, pero se encogía en defensa, un indicio de cómo las demás la doblegaban. Sus proporciones amplias, herencia materna, curvaban la figura más cautivante de todas: piel en un matiz entre rojo y rosa encendido, un cuerno rayado como el de su padre imp, el otro teñido en rosa súcubo, un caos que susurraba promesas de excesos en cada movimiento resignado. Todas se cubrían con velos etéreos que apenas velaban la desnudez, telas que se adherían como segundas pieles en tonos dispares: rojo ardiente, azul profundo, morado regio, blanco inmaculado, negro abismal, cada color un eco de jerarquías invisibles que se disolvían en la presencia opresora. —Bienvenido, amo. —Entonaban al unísono, sus voces tejiendo un velo que ocultaba abismos de anhelo y resignación—. Paimon permanecía en silencio, su magia despojándolo de vestiduras que caían como pieles mudadas, depositadas en los brazos extendidos de Patra. Ella las recogía con un roce fugaz, retirándose una vez que el aire se cargaba con su desnudez expuesta, un silencio que succionaba el espacio entre ellos. Las cinco se precipitaban hacia él, Livia con un ímpetu que iluminaba sus ojos, Cornelia temblando en cada paso, Faria con el ceño fruncido como una tormenta contenida, y las demás en un flujo de risitas que resonaban infantiles, gestos que traicionaban un goce en la entrega, un susurro de esencia doblegada ante el yugo que las unía. —Alteza, lo que desee haremos por usted. —Susurraba Livia, su tono un hilo que enredaba el aire—. La más audaz, se adhería a su flanco izquierdo, presionando su forma contra la suya, mientras Mella reclamaba el derecho, sus curvas fundiéndose en un pulso compartido. —Y lo que desee, puede hacer con nosotras. —Añadía Mella, su voz un eco que profundizaba el lazo—. Paimon las escrutaba con frialdad, aunque sus ojos se demoraban en las líneas de sus cuerpos, el peso de ellas sobre él avivando un calor que se ramificaba invisible. Cornelia, Faria y Mirra, menos osadas, se arrodillaban en el lecho, Faria y Mirra al derecho, Cornelia al izquierdo, sus posturas un tapiz de espera que disimulaba tormentas internas. Livia y Mella tomaban la iniciativa, labios rozando cuello y mejillas, Paimon girando ocasionalmente para capturar los suyos en un intercambio que ventilaba su furia matutina: uñas rasgando piel, dedos apretando curvas, licitando gemidos suaves y colas que se agitaban incontrolables, un ciclo de dolor que se transmutaba en éxtasis. Pero limitarse a ellas dos negaba el propósito de convocar al todo; así que impulsaba a las demás, capturando la cola de Livia por la base durante un meneo, jalándola hacia sí. Ella respondía con un quejido velado, nalgas ondulando, piernas flexionando para mitigar la punzada, un movimiento que él explotaba, dedos trazando sus pliegues húmedos. El viraje de dolor a deleite avivaba envidias en Mella, Faria y Mirra, mientras Cornelia se petrificaba, su mirada un pozo de recelo primordial. Mella actuaba, enrollando su cola delgada alrededor de su brazo, un ruego mudo por igual trato. Pero los ojos de Paimon se fijaban en Cornelia, intensificando el pulso de la envidia. Tras recorrer los contornos de Livia repetidamente, Paimon rompía el silencio. —Cornelia, alza la pata de tu hermana. Todas giraban hacia ella, que, con manos trémulas, obedecía, elevando la extremidad de Livia. Sus miradas se cruzaban, Livia ofreciendo un ancla en el intercambio, un gesto que infundía valor en medio del torbellino que la atería. Pero Paimon persistía en el juego. —La mirada abajo, observa. —Ordenaba—. Lentamente, ella cedía, ojos descendiendo mientras él exponía a Livia, garras separando pliegues en un despliegue crudo, ella conteniendo quejidos para no profundizar el abismo de su hermana, un equilibrio precario donde el deseo aplastaba lo frágil. Paimon susurraba órdenes que se ramificaban en el aire cargado, sus garras guiando el flujo como raíces que se hunden en tierra fértil pero estéril. —Tengo a cinco de ustedes que atender; ayúdame con Livia. Cornelia vacilaba, su pelaje gris temblando en oleadas que delataban el precipicio interior, un hueco donde el mandato colisionaba con el instinto. —Debemos obedecer, hermana. —Livia respondía, su tono un bálsamo que ocultaba hendeduras, infundiendo un resquicio de luz en la penumbra—. Tras un aliento suspendido, Cornelia cedía, lengua trazando senderos en la forma expuesta de su hermana, lamiendo los dedos que aún retenían humedad, un intercambio que transmutaba el roce en un lazo perpetuo de entrega y contención. Livia resistía el ascenso del éxtasis, pero su esencia la traicionaba, gemidos escapando como ecos de un abismo que devoraba voluntad, caricias y juegos entretejiendo placer que sofocaba cualquier velo de reticencia. En el encierro, roles se invertían: la menor se convertía en ancla, su candidez un refugio forjado en sombras previas, mientras Faria, la mediana, se tensaba en guarda feroz, su distancia no nacida de envidia por el centro, sino de un impulso que ansiaba interponerse, absorber el filo para preservar lo frágil. Mella y Mirra observaban, sus miradas un muro que juzgaba la turbulencia como fisuras en el orden, un menosprecio silencioso hacia lo que percibían como ecos inmaduros en un tapiz de sumisión absoluta. Satisfecho con el despliegue, Paimon atendía a Mella, garras jalando su cola antes de hundirse en profundidades que elicitaban un grito agudo, un viraje que avivaba el pulso colectivo. —Faria, ponte a lamer si no vas a hacer nada. Él discernía su preocupación, un lazo que priorizaba resguardo sobre deber, aunque su hocico largo y aliento cálido convertía el acto en un ritual único, un calor que se filtraba como presagio en cada roce, elevando el éxtasis a alturas inefables. Mirra, relegada al margen, buscaba hueco en el torbellino, su mezcla de sangres un recordatorio constante de bordes borrosos, un complejo que se profundizaba en cada espera. Sin mandato, se elevaba sobre él, posicionando curvas cerca del pulso central, donde Faria pausaba para permitir caídas que se convertían en roces, nariz húmeda apartando obstáculos en un ciclo de interrupciones que intensificaba el lazo. Paimon manipulaba sus núcleos: humillando a Cornelia en exposiciones crudas, usando a Faria como sustituta, iniciando con Livia en un preludio extendido. Con Mella y Mirra, invertía el orden, pero siempre incorporaba a Cornelia o Mirra, sembrando semillas de jerarquía ilusoria que germinaban en roces posteriores, resentimientos que se desquitaban en sombras ocultas, un goce para él en verlas erosionarse mutuamente. Faria, bajo orden, cesaba su labor para forzar a Mirra en penetraciones abruptas, alternando entradas que mezclaban molestia y deleite, fuerza aplicada con precisión que amplificaba el éxtasis compartido, Mirra aferrándose a garras que profundizaban el ciclo. Cornelia, lengua agotada y seca, persistía sin pausa, arrebatada en turnos que la asfixiaban, gemidos ahogados emergiendo con lengua adormecida, recompensada al final con el primer clímax que se derramaba en su interior. De allí, el flujo continuaba: Mella, Faria, Livia al cierre, donde Paimon prolongaba el tormento, dedos explorando sensibilidades que elicitaban respuestas puras, un equilibrio donde el dominio aplastaba lo efímero, revelando favoritismos en demoras que susurraban más que palabras. Satisfecho, ordenaba limpieza, excluyendo a Cornelia como sanción por demoras previas, condenándola a purgarlo en su baño privado. Sus miradas con Livia se cruzaban una vez más, un ancla silenciosa mientras las demás se desvanecían en vapores, dejando ecos de resentimientos que se filtrarían en la quietud posterior. *** —Y cómo se encuentra la reina, su majestad. Preguntaba la joven mientras sus dedos trazaban surcos en el brazo de Paimon, el vapor del baño enredándose en sus palabras como un velo que ocultaba intenciones profundas. —Ella está bien. —Y el príncipe. —En perfecto estado. —Paimon respondía, su tono un filo que cortaba el aire húmedo, irritación filtrándose como un presagio en la quietud—. Pero creo que el estado de mi esposa e hijo no son de tu incumbencia. No olvides tu lugar. Al declinar la tarde hacia el crepúsculo, Paimon regresaba al palacio, su forma cortando pasillos donde las sombras se alargaban como raíces que buscaban anclarse en lo efímero. Ordenaba que al amanecer asumiría el resguardo del príncipe, un mandato que resonaba en los sirvientes como un eco inexorable. La indagación de Cornelia persistía en él, un aguijón que reavivaba lo que había intentado sepultar: el niño emergía como una fisura en el legado, un reflejo distorsionado de la cumbre ansiada, donde la espera por un relevo digno se extendía como un abismo que devoraba certidumbres, no un vástago sino un eco de sí mismo, forjado para perdurar en el giro perpetuo del poder. *** —Alteza Octavia, buenos días. —Decía Rym al oír la puerta abrirse—. Sus palabras se truncaban al reconocer a Paimon en el umbral, su presencia un velo que eclipsaba expectativas, revelando un relevo absoluto donde la madre se disolvía en burocracia acumulada, un giro que profundizaba grietas invisibles. —Vengo por el niño. Rym lo entregaba, sus manos demorándose un instante antes de ceder, mientras Paimon lo acunaba con precisión inesperada, garras curvándose como raíces que se hunden en suelo inestable. Stolas se agitaba, ojos dilatados en un pozo de recelo, plumas erizadas contra el tacto ajeno, un instinto que lo impulsaba a escabullirse. Alzado para escrutinio, desviaba la vista al piso, pies pateando el vacío como si anticipara la caída inevitable, un presagio que se ramificaba en su diminuto ser. —Esto es ridículo. —Murmuraba Paimon, telequinesia depositándolo en el suelo con un roce que cortaba el aire—. Rym observaba, instinto protector entretejido con un morbo que se filtraba como vapor, presenciando al soberano empuñar el resguardo, un espectáculo. Stolas gateaba instintivamente, pero Paimon lo erguía de nuevo, patas tambaleantes colapsando una vez más. El ciclo se repetía, culminando en un golpe sordo contra el piso, pico chocando, llanto estallando breve antes de ahogarse bajo la mirada que lo perforaba: un abismo de menosprecio que devoraba cualquier eco de calidez. Rym se retiraba entonces, el peso de lo presenciado un lazo que apretaba, dejando al niño en un hueco donde la intervención se evaporaba. En el intento siguiente, Stolas forcejeaba por alzarse solo, nalgas impactando el suelo, agotando la contención de Paimon, quien lo sostenía en levitación perpetua, un equilibrio forzado que lo mantenía erguido sin permitir derrumbe, guiándolo fuera. —Caminarás a la mesa si piensas comer. —Amenazaba al partir—. Stolas parpadeaba confuso, anhelando el abrazo que lo elevaba en mimos, el trayecto familiar hacia el desayuno donde bocados se convertían en lecciones sutiles: no manchar el rostro, un avance tímido en el vasto tapiz de normas. Ahora flotaba a medias, hechizo soportando lo que sus patas no podían, la figura paterna desvaneciéndose en pasillos que se extendían como venas inexorables, impulsándolo a perseguir con torpeza creciente. Octavia aguardaba en la mesa, su mirada un filo que cortaba el aire, rencor filtrándose como un susurro inefable. A Paimon le importaba poco, ojos fijos en el umbral, midiendo si el niño emergía o se disolvía en la espera. —¿Y Stolas? —Preguntaba ella, irritación ascendiendo como marea—. —Si tiene hambre, debe estar en camino. La preocupación la impulsaba a levantarse, pero Paimon la anclaba con una orden que resonaba como augurio. —Mi regla se mantiene, mujer. No intervendrás en su ascenso. Stolas avanzaba tambaleante, apenas un susurro de progreso en la discusión, Paimon escrutándolo de reojo, decepción ramificándose en cada paso vacilante. Con un gesto imperioso, un mayordomo lo recogía, depositándolo en la periquera donde el rechazo se asentaba como un peso invisible. Stolas comía en bocados cautelosos, ojos danzando entre ambos, un equilibrio precario donde cada mordida anticipaba corrección, simplicidad pura colisionando con el opulento silencio que lo envolvía. Ninguno saboreaba el desayuno esa mañana, el aire un pozo que devoraba cualquier vestigio de calidez, un ciclo que se repetía en murmullos inauditos. *** Al avanzar el día, Paimon arrastraba a Stolas en un trayecto inexorable por los pasillos, su magia un yugo invisible que forzaba pasos tambaleantes, mientras el rey atendía audiencias que se extendían como raíces en la penumbra del palacio. Stolas, impulsado por un instinto que surgía de lo profundo, se dejaba caer en los pliegues de la capa paterna, un peso tan efímero que se disolvía en el flujo, sostenido por el encantamiento que lo elevaba como un susurro contra la gravedad opresora. Sirvientes captaban el engaño en destellos fugaces, labios curvándose en sonrisas contenidas que no rompían el silencio, un resguardo compartido que velaba la fragilidad ante el mandato. Plebeyos y visitantes, rozando el umbral en murmullos, captaban el juego y callaban, temores entretejidos con un lazo implícito que preservaba el equilibrio precario, como si el aire mismo conspirara en su favor. La corriente se alineaba con el pequeño, su astucia un eco que escapaba al escrutinio paterno; la orden de caminar se cumplía en apariencia, el revés matutino transmutado en un avance que no cuestionaba, un giro donde la sumisión aparente devoraba la imposición. Octavia lo discernía en un instante, su risa ahogada en un aliento que temblaba, orgullo filtrándose en una mirada que cruzaba el espacio, infundiendo en Stolas un calor que validaba el desvío, un permiso silencioso que transformaba la travesura en un resquicio de libertad pura. Stolas había convertido la capa de su padre en un medio de transporte. *** Al avanzar el crepúsculo, Paimon se convencía de haber eclipsado a Octavia en cada resquicio, pero un aguijón persistía, ramificándose en su interior como un susurro inefable que devoraba la quietud alcanzada. Stolas permanecía mudo, el ciclo aproximándose a su cierre, su tercer aniversario un umbral que demandaba fluidez en el habla, un mandato que no admitía demoras. Lo arrastraba a su estudio, aún envuelto en los pliegues de la capa que lo había sostenido todo el día, depositándolo en el escritorio como un objeto inanimado, un eco de lo efímero ante lo imperecedero. Inhalaba profundo, voz cortando el aire. —Pa-i-mon. —Desgranaba lento—. Dilo, Pa-i-mon. Stolas lo escrutaba con una curiosidad que disolvía temores previos, balbuceos sincronizados con el ritmo paterno, lo más próximo a un puente verbal, un rechazo sutil a enunciar lo vacuo. —PA-I-MON. El silencio se extendía, Stolas desviando atención a tomos y artefactos que se estiraban en su alcance, dedos diminutos rozando plumas y tinteros que Paimon apartaba una y otra vez, un ciclo que erosionaba contención. —Habla! —Gruñía, puño impactando la madera en un estruendo que reverberaba como augurio—. Stolas retrocedía, plumas erizadas, un salto frustrado que lo equilibraba contra una lámpara, el vacío succionando cualquier impulso previo. —Eres un inútil. —Escupía Paimon, insultos ramificándose en el aire—. Los intentos se multiplicaban, voz escalando en un torbellino que profundizaba el recelo del niño, su forma acurrucándose, cabeza inclinada, pero ojos fijos en el opresor, un lazo que se tensaba sin romperse. Paimon se erguía entonces, recomponiendo el velo de calma, abandonando el espacio con pasos que se desvanecían como raíces retractándose. —Si quieres bajar, tendrás que pedirlo. —Dictaminaba al cerrar la puerta, un mandato que sellaba el hueco—. Un sirviente, imp bifurcado en rojo y blanco como un equilibrio fracturado, cuernos negros cortos enmarcando una melena impecable, captaba el cierre en el pasillo, pasos acelerando al discernir el encierro. Ignorado por el rey, corría hacia Octavia, implorando discreción que se evaporaba en el apremio. —Su alteza, el príncipe. —Balbuceaba, pero ella ya se impulsaba, dejando plantas a medio arreglar, un jardín que antes compartía con Stolas en respiros de simplicidad pura. Paimon surgía en su trayectoria, su mirada un abismo que la detenía. —Y Stolas. —No es de tu incumbencia. —Sigue siendo mi hijo. —Lo verás cuando yo lo permita. Ella persistía, pasos veloces abriendo portales en un laberinto fingido, disimulando búsqueda mientras se aproximaba al estudio, el eco de su avance un presagio que avivaba al niño, instinto elevándolo en un salto que colisionaba con silla y suelo, golpes sordos estallando en llanto que impulsaba su entrada. Lo acunaba, calmando sollozos que se resistían, presionándolo contra su pecho en un abrazo que sofocaba temblores. —Eres un bárbaro desgraciado… —Escupía—. ¿Qué padre hace esto? —Esa excusa que llamas hijo no articula ni su nombre, aunque dependa de ello. —Replicaba—. Menos con una madre que lo resguarda de todo. Ella ignoraba, concentrada en el niño, pero Paimon lo arrebataba, gritos intensificándose en el vacío. —Suelta a Stolas. Una bofetada cortaba el aire, seguida de garras al cuello, elevándola en un ascenso que estrangulaba aliento. —Ahora eliges: él o tú. —Amenazaba, alzando a Stolas como un sacrificio pendiente—. Octavia se abandonaba, cuerpo laxando en capitulación silente, un lazo que se rompía para preservar otro. Con una risa que se filtraba como un murmullo del abismo, la soltaba. Stolas se estiraba hacia ella, pero Paimon lo aproximaba solo para dictar. —Vuelves a tocarlo y será su fin. —Luego, al niño—. Esto ocurre a quien desobedece, mocoso. Stolas se petrificaba, Octavia desviando vista para no invocar más sombras, mientras él se lo llevaba, dejándola de rodillas en un suelo que se extendía como un pozo devorando esperanzas, un ciclo que se repetía en murmullos inauditos. *** El resto de la noche Stolas lo pasó con Rym, sus sollozos ahogados en el abrazo que ella ofrecía como un resguardo efímero, mientras la amenaza de Paimon se extendía sobre ella, un susurro que sellaba labios y velaba verdades, prohibiendo cualquier eco que alcanzara a Octavia. Paimon se recluía en su alcoba, soledad que se ramificaba en las noches venideras, Octavia desvaneciéndose de su lado, un hueco que se profundizaba sin palabras, un mandato implícito que disolvía el lazo conyugal en sombras. La separación se filtraba en rutinas, mesas donde ella se anclaba al extremo opuesto, silencio un abismo entre platos intactos; tronos donde Stolas se erguía a la diestra paterna, una proximidad que sofocaba lo frágil bajo peso inexorable. En apariciones ante el velo público, máscaras se ajustaban por meses que se estiraban como raíces en tierra estéril, pero grietas emergían: mirada de Octavia un pozo que devoraba luz, mutismo de Stolas un presagio que callaba inocencias, paso de Paimon un avance que aplastaba lo efímero. Plebeyos y cortesanos captaban el desequilibrio, murmullos propagándose como un ciclo que anticipaba colapso, un giro donde lo aparente se disolvía en lo inevitable, un fin que se insinuaba en cada silencio prolongado. *** Pasaron los meses como pasan las estrellas por el firmamento: sin ruido, sin pausa, sin pedir permiso. Paimon y Octavia se habituaron a su separación informal con una eficiencia casi ritual. El contacto entre ambos se redujo a lo estrictamente necesario, despojado de intimidad y cargado de obligación. Las voces del pueblo, sin embargo, no conocían discreción. Llegaban envueltas en carcajadas, disfrazadas de burla, transportadas por el bufón mientras entretenía al príncipe. Un condenado con atuendo de payaso, la piel pintada de rojo para imitar a un imp. Su forma era casi humana, pero deformada por una naturaleza que parecía haberse ensañado con él… o tal vez no. Quizá siempre había sido así. Entre los humanos se le describía como un bufón de rostro desagradable, inteligencia intacta a sus treinta años, frente pequeña, ojos demasiado grandes, nariz prominente y cuerpo torpe. Una barriga ancha y plana, coronada por una joroba imposible de ignorar. Si su acto no provocaba risa, lo hacía su mera presencia. A veces ambas cosas se confundían. En cualquier caso, era un bufón nato. —Allí estaba yo, sí, allí estaba yo, en el mercado de pulgas. —Balbuceaba mientras se tambaleaba—. Ese que se arma cerca de los furiosos cuando la purga se aproxima. Como siempre, quejándose de los Goetia… que si esto, que si lo otro. Rodó por el suelo y dio una voltereta torpe. Stolas lo observaba con atención absoluta. —Se atrevían a burlarse de usted, mi señor, y de su mujer. Decían que se veían… impares. ¡Pues ni que fueran pareja! ¿O sí lo son? El bufón estalló en risa, satisfecho consigo mismo, mientras exageraba una caída más. Octavia no reprimió una sonrisa. —Si lo son, pónganse más juntos, Su Majestad. Que la reina no huele mal… ni usted peor. Quizá es el príncipe al que no le han cambiado el pañal desde el mes pasado. —¿Desde cuándo dicen eso? —Preguntó Paimon, dejándolo continuar—. —¡Desde siempre! Solo que ahora ya no lo saben ocultar. ¿Qué pensará Lucifer? Ah… Lucifer. Octavia rio, breve, sincera. Exactamente lo que deseaba: que Lucifer viera. —¿Insinúas que es mi culpa? —La voz de Paimon se elevó apenas—. —Jamás, rey mío. Quizá es el orgullo, que se le sube a la cabeza y ya se adjudica hasta culpas ajenas. —Miró a Octavia, aprovechando su risa—. Si la reina se ríe, quizá sabe dónde está la verdad. —¿Y tú qué harías en mi lugar? —Preguntó Paimon—. Bufón. —¿Qué no haría? Beber hasta perder el control, acostarme con todas las mujeres disponibles… —Hizo una pausa, teatral—. Pero si quiere mi consejo sincero: sonreír con maldad y poner a mi mujer en su lugar. Paimon rio. Octavia dejó de hacerlo. —Y cambiaría de hijo. —Continuó el condenado—. No habla, no camina… tan pequeño. Casi como yo. ¿Te gustaría ser bufón conmigo? Para príncipe no sirves. No que no. La risa murió en el aire. Aquello era justo lo que Paimon no toleraba: que su heredero fuera objeto de burla. Y allí lo tenía, frente a él. —¿Él? ¿Un payaso? —La voz de Paimon se volvió presión pura—. —Depende del sentido del humor, Su Majestad. ¡Pero qué gracioso sería un tonto como gobernador! ¡Dos veces! —Me has dado algo en qué pensar —Dijo Paimon con calma falsa—. Ahora vete. Antes de que otro chiste te cueste la vida. Hizo una seña. —¡No otra vez! —El bufón se llevó las manos a la cabeza—. Yo, Triboulet, que serví bajo Luis XII y Francisco I… ¡Ya he tenido ese destino! Déjenme morir, se los suplico. Pataleaba mientras se lo llevaban. Suplicaba el final como si fuera un favor. Quizá el loco se volvía más loco cuando estaba rodeado de otros locos. —Esto me gano por hacerle caso a Mammon. —Murmuró Paimon, frotándose la frente—. Se retiró llevándose a Stolas consigo. Octavia llevaba demasiado tiempo sin su hijo. Y aunque el repudio hacia su esposo seguía intacto, el deseo de volver a ser madre comenzaba a imponerse. Un conflicto silencioso crecía en su interior: rendirse para volver a tener a Stolas en brazos, o persistir en su guerra. Había apostado todo al único miedo de Paimon. Lo había sacrificado todo. Y aun así dudaba. Paimon, por su parte, continuaba el castigo con precisión quirúrgica: cerró habitaciones para obligarla a dormir con él; retiró sillas para forzarla a compartir la mesa; y el inminente fin de ciclo, con sus apariciones públicas, la encadenaba de nuevo a su lado. Octavia observaba cómo su ventaja se desmoronaba. La sensación era la de escalar una montaña cuya cima se alejaba cuanto más cerca estaba. Se quedaba sin opciones. Paimon no. Así pasaron los días, hasta que solo quedaron treinta… y uno más, antes del final de otro ciclo. Y la llegada del Maledictum. *** —Mañana vendrá Crocell. —Dijo Paimon mientras se preparaban para dormir—. Ten al niño listo a tiempo. Octavia asintió sin responder de inmediato. Tras tanto tiempo apartada de su hijo, le costó no delatar el júbilo que esas palabras le provocaban. No se engañaba: no era un gesto de reconciliación, ni mucho menos de perdón. Paimon no cambiaba sin motivo. Pero la posibilidad de volver a ser madre, aunque fuera por unas horas, superaba cualquier intento de fingir indiferencia o de analizar qué tramaba su esposo. Esa noche, el amanecer no la sorprendió dormida. Se levantó casi al mismo tiempo que los sirvientes y fue directa a la habitación de su hijo, aquella que durante meses le había sido negada. Stolas aún dormía cuando lo tomó contra su pecho, como si no lo hubiera visto en una eternidad. Lo sostuvo con una urgencia contenida, respirando su aroma, memorizando su peso. El pequeño despertó apenas la reconoció. Sus ojos se abrieron de golpe, y una sonrisa amplia le iluminó el rostro. Octavia le devolvió la sonrisa con la misma intensidad, una madre reencontrando algo que creía perdido. La escena era tan serena que incluso Rym, acostumbrada a anticipar conflictos, se detuvo al entrar. —¡Su Alteza! Si el rey se entera… —Está bien, Rym. Tengo su permiso. La institutriz dudó un segundo antes de inclinar la cabeza. —Lucifer bendiga su benevolencia. El príncipe ha estado inconsolable desde que Su Alteza el rey dio la orden. Por un instante, Octavia estuvo a punto de asentir. Pero la frase se le clavó como una espina. No era benevolencia. Era una concesión. Y las concesiones de Paimon siempre exigían algo a cambio. Aun así, decidió no arruinar el momento. Si aquello era un préstamo, lo aprovecharía como si fuera definitivo. —Hoy tendremos visitas. —Dijo en voz baja—. Stolas debe quedar perfecto. El pequeño observaba mientras Rym y Octavia discutían atuendos, combinaban telas, descartaban unas opciones y retomaban otras. Lo bañaron, lo peinaron, lo acomodaron una y otra vez. Octavia se movía de un lado a otro con una concentración absoluta, decidida a hacerlo brillar. Y lo logró. Las plumas de Stolas relucían, sus ojos destacaban sobre el blanco de su rostro y su cuerpo se veía tan esponjado que parecía un juguete recién estrenado. Pero en el esfuerzo por perfeccionarlo, ambas mujeres dejaron de mirarlo realmente. Stolas lo notó. Balbuceó, intentó llamar la atención. Rym le pidió calma mientras limpiaba su pico. Trató de ponerse de pie, dio uno o dos pasos inseguros antes de caer. Octavia lo levantaba sin mirarlo, reacomodándole las plumas como si fuera parte del vestuario. Cada uno se esforzaba por razones distintas. Cuando el cansancio pudo más que la voluntad, Stolas se rindió. Sus ojos seguían brillando, pero algo en su expresión se apagó. Nadie lo notó. A la hora del desayuno, Octavia se presentó como la esposa perfecta. Casi podía parecer una negociación silenciosa: más tiempo con su hijo a cambio de obediencia. Sabía exactamente qué imagen estaba proyectando y decidió ignorarlo. Tal fue su empeño que incluso esperó a Crocell en la entrada junto a los sirvientes. —Mujer, deja de hacer el ridículo y vamos a desayunar. —La reprendió Paimon—. —¿Y Crocell? —Llegará más tarde. La próxima vez, controla tus impulsos y pide los detalles completos. Tenía razón. Octavia solo sabía que Crocell vendría y que el niño debía estar listo. Su ansiedad por Stolas había eclipsado todo lo demás. Los sirvientes, que habían trabajado a contrarreloj por sus órdenes, intercambiaban miradas frustradas. El desayuno preparado era para dos familias. Trabajo, tiempo y recursos desperdiciados. Octavia se sentó a la mesa junto a Paimon y Stolas como en otros tiempos. La humillación se le notaba en la rigidez del cuerpo. Stolas, decidido a demostrar lo aprendido, intentaba usar los cubiertos. No eran los correctos. No los sostenía bien. Aun así, no llevaba comida a su pico sin antes asegurarse de que su madre lo mirara. No entendía la diferencia entre estar en el campo visual de alguien… y ser visto. Octavia comía en silencio, ausente. No notó ninguno de sus esfuerzos. Stolas bajó la mirada. La culpa, esa sensación extraña, empezó a tomar forma. —Será necesario que te comportes durante su visita. —Dijo Paimon entre mordidas—. Espero ser claro. —Sí, Paimon. —Si es necesario, imita a su mujer. Octavia cerró los puños bajo la mesa. —Por supuesto, amor. —Dijo adoptando el rol de inmediato—. —Si tan solo tu hijo aprendiera tan rápido. Cuando terminaron, Octavia volvió a tomar a Stolas en brazos mientras los sirvientes limpiaban. —¿Y cuándo es más tarde? —preguntó, dándole la espalda. —En cualquier momento. Le pedí que llegara después del desayuno. Octavia cerró los ojos y respiró hondo. Luego llevó a Stolas al jardín frontal. Quería ganar tiempo. Aire. Quizá encontrarse con Theia al llegar, desahogarse por fin. Demasiado tiempo había pasado desde la última vez que se vieron. *** No pasó ni una hora antes de que se anunciara la llegada de los duques. La carroza de Crocell, aunque más sobria que la de los anfitriones, no sacrificaba elegancia. En ese círculo, incluso la austeridad era un lujo cuidadosamente diseñado. Apenas se detuvo frente a la entrada principal, Octavia fue avisada. Como una venganza discreta, permaneció cerca del umbral sin notificar a Paimon. Los sirvientes se adelantaron a recibirlos, replicando la eficiencia de la casa de Crocell. Solo cuando el protocolo lo exigía, Octavia avanzó con Stolas en brazos. —Su Alteza, Octavia. —Saludó Crocell con voz firme—. —Y el pequeño Stolas. —Añadió Theia, acercándose con una sonrisa genuina—. —Crocell. Theia. —Octavia respondió con una cordialidad casi convincente—. Bienvenidos. Paimon los espera dentro. —Finalmente te devolvió a tu hijo. —Comentó Theia en voz baja mientras caminaban juntas—. No conocía toda la verdad, pero intuía suficiente. Octavia decidió sostener la fachada hasta encontrarse a solas con ella. —Al final, quien sabe más es la madre. —Respondió—. —Completamente. Avanzaron por el palacio mientras Stolas intentaba impresionar a los visitantes con balbuceos torpes. Los sonidos bastaron para alertar a Paimon, completando la pequeña jugarreta de Octavia. Él fingió sorpresa, rio con torpeza y culpó a los sirvientes por no haberle avisado. A Crocell y Theia poco les importó. —Octavia. —Intervino Paimon—. Lleva a Theia al jardín, por favor. Crocell y yo hablaremos en el estudio. El despacho había sido preparado con antelación: botellas de distintos licores, aperitivos dispuestos con cuidado, dos sillas frente a una mesilla baja. Ninguna interrupción sería permitida. Crocell, consciente de la reputación de Paimon, estaba listo para ofrecer excusas. Pero el silencio le ganó. Habían pasado demasiadas cosas durante el ciclo. De todos los duques, él era a quien Paimon recurría cuando algo se rompía. Salir con vida ya parecía una victoria aceptable. Paimon le indicó que se sentara. Crocell obedeció. Paimon se sirvió primero, bebiendo con calma, esperando. —Crocell —Dijo al fin—. Explícame algo. —Por supuesto, Su Alteza. —Hubo un accidente reciente. Hellhounds e imps encontrados con un arma bendita. —Giró la copa lentamente—. Cuando el problema involucraba condenados, el culpable solía ser evidente. Estaban atados a su círculo por sus pecados. Pero una criatura nacida en el infierno era otro asunto. Libre tránsito. Política. Consecuencias. Siempre y cuando no se le atrapara. —Si me permite, Barbatos… —Barbatos gobierna el quinto círculo. Esto ocurrió aquí. Y uno escapó con el arma. Eso lo vuelve mi problema; tu problema. Crocell tragó saliva. —Durante el interrogatorio se confirmó que eran residentes del quinto círculo. —Un arma bendita suelta no es un incidente, Crocell. Es un riesgo. —Mis Condes— —Inútiles. Como Barbatos. —Paimon no le permitió avanzar—. No sé qué le vio tu hija. —De haber sabido— —¿Localizaron el arma? —Furfur cree que está oculta en las minas del quinto círculo. Pero los condenados están coludidos. Paimon suspiró. —No me importa lo que diga esa mujer. Quiero que Malthus, Raum y Bifrons arrasen el lugar si es necesario. —¿Y Satanás? —preguntó Crocell—. Lucifer fue claro con la autogestión de los círculos. —Entonces aconseja a tu yerno. —Si Satanás no lo permite— —Crocell. —El tono fue suficiente—. No me falles. Aceptó. No tenía alternativa. Después de tal reprimenda hablaron durante horas más: riqueza, círculos, condenados prometedores, nombres menores que comenzaban a destacar. Cuando se dieron cuenta, era hora de la comida. *** Cuando Paimon y Crocell se retiraron al estudio, Octavia y Theia —con Stolas aún en brazos— se dirigieron al jardín trasero del palacio. Allí, por primera vez en meses, Octavia parecía relajarse. No era alivio pleno, pero sí una tregua. Theia conocía los rumores que circulaban sobre el matrimonio, pero ignoraba la magnitud del deterioro. Octavia nunca le había contado nada con claridad. No por lealtad, sino por un miedo irracional que, con el arrebato de Stolas, había vuelto a instalarse con violencia. Theia lo notaba sin necesidad de palabras. La forma en que Octavia aferraba a su hijo. Cómo no apartaba la mirada de él. Cómo Stolas se acomodaba contra su pecho, negándose a soltarla. Tomaron asiento. La mesa ya estaba dispuesta con refrigerios. El pasto se mecía alrededor de sus garras, el sol infernal anunciaba la tarde y la brisa arrastraba el perfume de las flores. Aun así, nada de aquello embellecía realmente la escena. La tensión seguía allí, contenida. —Se acerca la fiesta del Maledictum, mi reina. —Dijo Theia—. ¿Hablarás con Lucifer? Paimon no sospecharía. El cuerpo de Octavia se tensó de inmediato. No necesitó pensar la respuesta. —No. —Negó con firmeza—. En cuanto termine de exhibirse ante los Goetia, no se despegará de Lucifer. Sabes que así funciona. —¿Estás segura? Podría ayudarte si— —No lo entiendes. —La interrumpió, la voz quebrándose—. Si por un capricho fue capaz de quitarme a Stolas… incluso si Lucifer lo castigara… debo protegerlo. Theia guardó silencio. —Meses. —continuó Octavia—. Meses viéndolo sufrir sin poder hacer nada. Si lo considera necesario, puede deshacerse de los dos. —Pero todo rey necesita un heredero. —Se lo pediría a Tella. —Octavia frunció el ceño—. Mi hermana cayó de la gracia en cuanto llegamos aquí. —Si no es indiscreción… ¿Qué ha sido de ella? —Pregúntale durante el Maledictum. —Cortó—. Prefiero no hablar de eso. Cuéntame de ti. Ya me cansé de oírme. Theia entendió el límite. Cambió el rumbo sin insistir. —También ha habido problemas, Su Alteza. Valefar no deja de consultarme por el pobre de su marido. Su expresión cambió. Ella también necesitaba soltar algo. —Barbatos y Crocell siguen sin llevarse bien. Últimamente ha empeorado. Quejas constantes de los Condes… —Entonces su visita no es casual. —Si Paimon está interesado, no puede ser buena señal. ¿No te dijo nada? Octavia esquivó la pregunta. —¿Y tus hermanos? —¿Gusion y Eligos? Están demasiado ocupados presumiendo a Agares y su futuro como duque. De Andras… no sabría decirte. No parece llevarse bien con él. —Andras quedará como marqués. Algo tendrá que ver. La conversación comenzó a aligerarse. Octavia dejó a Stolas en el césped, como solía hacerlo. Él, percibiendo la calma en su madre, dejó de aferrarse y empezó a explorar torpemente. —Ese matrimonio es… sui generis. —Comentó Theia—. Nunca habría ocurrido allá. Un hermano con su hermana. —Allá no teníamos matrimonios. —Verdaderamente era el cielo. Rieron, breve, sincero. El peso que las acompañaba se disipó lo justo para permitirles respirar. Durante un rato, no fueron reina y duquesa. Solo dos mujeres del mismo rango, recordando lo que habían sido antes. La tregua duró poco. La hora del almuerzo se acercaba. *** Octavia llamó de vuelta a Stolas y, con él de nuevo en brazos, escoltó a Theia hasta la entrada. Estaba lista para despedirse cuando Paimon apareció junto a Crocell, interrumpiendo cualquier intento de intimidad final. —Espero que vengan con apetito. —Dijo, señalando el gran comedor—. Octavia parpadeó, descolocada. Aun así, siguió el paso de su esposo mientras este guiaba a todos hacia el interior. La mesa estaba dispuesta con un despliegue excesivo incluso para los estándares de la casa. Platos elaborados, abundancia innecesaria. Nada de aquello había sido anunciado. Stolas también fue invitado a sentarse. Por orden expresa de Paimon. La combinación era demasiado precisa para ser casual. Octavia lo entendió de inmediato: no era hospitalidad. Era una prueba. Y parecía ser la única que lo sabía. Crocell y Theia se servían con normalidad. La mirada de Paimon, en cambio, no se apartaba de ella. —Tengo curiosidad, Theia —Dijo al fin—. Tus nietos. ¿Qué edad tienen? —Stella cumplirá tres este ciclo. Andrealphus, seis. —Cierto. Octavia lo mencionó tras nuestra última reunión. —Sonrió—. ¿Y se portan bien? —Por supuesto. Andrealphus ya inició su entrenamiento como marqués. Incluso muestra interés en las tareas de su padre. —¿Y su hermana? —Stella ya camina y dice sus primeras palabras. —Theia contuvo una risa leve—. Andrealphus no lo encuentra tan encantador. Ella lo sigue a todas partes. —Entonces camina y habla. —Paimon asintió, y luego miró a su esposa—. Sus padres deben estar orgullosos. —Stolas se toma su tiempo —Intervino Octavia con una sonrisa tensa—. Quizá lo consiento demasiado. —Los humanos dicen que hablar tarde es señal de gran inteligencia. —Añadió Theia, dudosa—. No sería extraño, siendo su hijo. —¿Qué dices? —Replicó Crocell, incómodo—. Claro que lo es. —¿Tú qué opinas, Octavia? —Preguntó Paimon—. —Es tu hijo —respondió ella—. —Aun así. —Concluyó Paimon—. Un poco de motivación no daña a nadie. La comida continuó en un silencio espeso. Octavia mantuvo a Stolas impecable, atento, correcto. A cualquier costo. El pequeño obedecía, rígido, confundido por una dureza que no reconocía en su madre. La mujer paciente desapareció. La reina obediente ocupó su lugar. Y Paimon sonrió por dentro. Aquella era la madre que siempre había esperado. La tarde avanzó sin incidentes. Cuando los platos quedaron vacíos, Crocell y Theia agradecieron la hospitalidad y se prepararon para partir. Antes de cruzar el umbral, Theia se volvió hacia Octavia. —Dile, Octavia. *** Cuando la puerta se cerró y quedaron solos, Paimon se acercó a Octavia. Ella aún sostenía a Stolas. No lo soltó. Paimon apoyó la mano en su hombro. No fue un gesto violento. No hizo falta. —Ese niño comenzará el próximo ciclo comportándose como corresponde. —Dijo en voz baja—. O no volverás a verlo jamás. Esta es tu última oportunidad. Sus ojos rojos se posaron en Stolas sin disimulo. No había ira en ellos. Solo desaprobación. El pequeño no entendía las palabras, pero sí el tono. Se aferró al pecho de su madre, buscando refugio. Octavia no se movió. No respondió. Tampoco bajó la mirada. *** Las semanas siguientes, Octavia se volcó por completo en Stolas. No por convicción, sino por miedo. No por ternura, sino por amenaza. Paimon, mientras tanto, se ocupó de cerrar los últimos pendientes antes del Maledictum. Informes, reuniones, correcciones. El infierno no se gobernaba solo. Desde los pantanos de Codicia llegaron reportes constantes. Mammon se había instalado allí, y con él circulaban historias difíciles de ignorar: un imp que había logrado someter a los sharkins, criaturas infernales de cuerpos tiburón, utilizándolos para el transporte de mercancías. Según los informes, operaba bajo la protección directa del propio Mammon. Cuanto más revisaba los apuntes enviados por los presidentes, más claro se volvía el patrón: aun actuando por interés propio, Mammon tenía responsabilidad indirecta en lo ocurrido en el quinto círculo. Incluso se había hecho con un circo reciente, uno que comenzaba a destacar entre los negocios miserables de las clases bajas. Mientras no otorgara poder real, Paimon no podía intervenir. Y esa espera lo irritaba. Compartir círculo con Mammon era una de las pocas cosas capaces de incomodarlo de verdad. La rivalidad no era secreta. Donde Mammon dejaba suciedad y decadencia, Paimon exigía orden y esplendor. Mammon acumulaba para sí; Paimon quería que todo lo suyo pareciera riqueza. Según él, mientras no se cruzaran líneas, no había conflicto. Mammon, por supuesto, no compartía esa cortesía. También se aseguró de que el condenado que había rescatado no causara problemas. Recién liberado, el trauma lo mantenía escondido en los callejones más oscuros. Mientras permaneciera allí, bajo protección, no representaría riesgo alguno. Entre asuntos menores, Paimon comenzó a reservar tiempo para observar los avances del niño. El Maledictum estaba cerca. Stolas debía estar a la altura. Durante esas semanas, el pequeño aprendió a mantenerse en pie y dio sus primeros pasos. Octavia lloró de orgullo la primera vez que lo logró. No fue suficiente. Intentó motivarlo como pudo, pero a esa edad solo respondía al juego, a los colores, a la curiosidad. Cada día mostraba menos interés en los ejercicios. Incluso cuando ella suavizaba el tono, la insistencia se filtraba en cada gesto. Seguía sin hablar. Cuanto más Octavia lo animaba, más silencio encontraba. Llegó a fruncir el ceño, a cerrar el pico con obstinación, como si las palabras fueran algo que debía proteger. Aun así, Paimon empezó a mostrarse más cercano con Octavia. Casi como un esposo, si se ignoraban las amenazas constantes de separarla de Stolas ante la menor oposición. Era su forma de premiarla por obedecer. Castigo y concesión. Así se enseñaba, según él. Las recompensas no eran generosas. Más tiempo de prueba. Volver a compartir la cama. Insinuaciones que no admitían respuesta clara. Nada de eso lograba convencer a Octavia de intentar concebir otro heredero. No importaban las palabras suaves ni las presiones veladas. Stolas no era reemplazable. Y ella lo sabía. 2